“Ventanilla o muerte”

El primer vuelo, con ahorros de la década KK

Por (Tw) @galileo1487

Nunca había pensado en volar en avión pero era algo que siempre había soñado. Vivo en un barrio donde los aviones que bajan y suben de Ezeiza pasan cerquita y toda mi vida los vi como algo lejano, como algo que sólo hacía la gente de plata. Pero, no.

Un día estaba en casa preparando un examen para la facultad, buscando información en la computadora y, como pasa cuando uno está preparando un examen, me puse a boludear en internet.

Algo que siempre me gusta hacer es viajar a distintos lugares del país y del mundo a través de Google Maps. De esta forma conocí Paris, New York, Londres, Ushuaia, Tilcara, las cataratas del Iguazú y muchos otros lindos lugares. Ese mismo día, en medio de esos paseos virtuales, vi algo que me cambió la vida. Si, así de fulminante. Así de groso: Una promoción de una estadía en un hotel cuatro estrellas en Puerto Iguazú. Y para mejorar la cosa, el paquete era con avión de ida y de vuelta. Y era una ganga, compañeros; no lo podía dejar pasar. Así que decidí gastar algo de los ahorros de la década infame kirchnerista y empezar lo que, para este obrero del fondo del conurbano matancero, iba a ser toda una aventura hermosa y divertida.

De movida, este viaje en avión y sus vacaciones me llevaron a hacer muchas primeras cosas en mi vida. Claramente, mi primer viaje en avión sería la primera vez de algo más importante. Estaba muy entusiasmado, contento y expectante. Pero también, a medida que se acercaba el día, muy nervioso. Pero nervioso mal, ¿eh?

Pero bueno, vayamos al grano. Lo primero que tuve que hacer es sacar los pasajes por internet porque lo promo era sólo a través de la web. Una tarea para nada sencilla para alguien que no ha viajado mucho y que las veces que lo hizo fue a través de sus pasajes sacados en persona en la terminal de micros de San Justo.

Vale aclarar que hoy escribo este texto con una experiencia ya sobre los hombros, pero cada trámite que tuve que hacer para volar -por primera vez- fueron momentos de dudas y de indecisión. Pensaba que cualquier cosa que hiciera mal podía frustrar mi viaje. No saben lo feo que fue vivir con estas sensaciones. Yo quería volar; y nada podía salir mal.

Sigamos.

Elijo el día de salida y el de regreso. La aerolínea estaba determinada: iba a ser la de bandera nacional aunque el pasaje me saliera los 400 pesos más que costaba. No quería regalarle plata a la aerolínea chilena. Luego, hubo que pasar los datos de la tarjeta, confirmar todo y listo el pollo. O eso pensaba…

Después de comprar los pasajes y reservar el hotel, me dormí un poco en los laureles y me despreocupé. Hasta que se empezó a acercar el momento.

Días antes de viajar me pregunté: “¿qué onda con los pasajes?”. Necesitaba tener algo sólido, concreto, físico. En definitiva, necesitaba tener los pasajes en papel. Por suerte tengo tuiter y comencé a preguntar y asesorarme a través de los contactos en esa red social. Entonces me surgió otra duda: cuando compré los pasajes no me dieron la opción del asiento. Una gota fría de sudor nervioso me surcó la espalda. Si no tenía asientos era como que no había comprado los pasajes. Más sustos. Ahí fue cuando me dijeron que eso se hacía en algo llamado “check in”. La supuesta solución a mis preguntas vino con más problemas: ¿qué cornos era hacer un check in?

Perovolvamos un toquecito hacia atrás.

Yo sentía que sin ningún papel no iba a poder viajar, por lo tanto prosigo con mis averiguaciones en tuiter y me dicen que el pasaje “en algún mail debe estar para imprimir”. Busco en el mail y lo más cercano a un pasaje que encontré es un “recibo de pasaje electrónico”. Más nervios. Un recibo no es un pasaje; para mí. Seguí buscando y algo encontré. En ese momento calculé que, de todo lo que tenía entre mis mails, eso que había encontrado era lo más parecido a un pasaje de avión. Y el “calculé” viene a cuento de que nunca en mi vida había visto un pasaje de avión. Pero, no olvidemos, elsupuesto pasaje no tenia numero de asiento.

Sin asientos no hay pasajes o eso era lo que pensaba. Con todo eso tuve que tomar una decisión drástica pero que me parecía efectiva: cargar todos los mails y adjuntos de esos mails de aerolíneas en un pendrive. Y ahí vino otro problema, o imprimía todos los mails y adjuntos para llevar en el momento del vuelo -imprimir, me salía un montón de plata- o llevar el pendrive como prueba documental de que tenía todo en regla para viajar. Eso derivó en otra pregunta: ¿tendrán en el avión una compu con puerto USB para ver mis “pruebas” de que había comprado los pasajes? ¡Qué difícil todo y aun ni había empezado a volar!

Todo empezó a ser más ameno cuando me dijeron que los asientos se eligen cuando se hace el check in. Para ese entonces ya me sentía familiarizado con el sintagma sajón “check in”, sin haberlo oído mencionar antes. Cosas de la vida moderna.

Vamos con un poco de datos para quienes lean esta crónica disparatada de un primer vuelo de avión: el check in web de vuelos nacionales se realiza desde 36 a dos horas antes de viajar. Información, no opinión. Pero bueno, esto, con el diario del lunes. Claramente me senté en la computadora, nervioso y ansioso, 37 horas antes de volar. Tenía que ser el primero en elegir asiento. No me podía equivocar en el lugar, porque el asiento que tenía que elegir debía ser la mejor ubicación para ver el paisaje.

De ningún modo podía tocarme pasillo. Era ventanilla o muerte.

Treinta y seis horas y un minuto antes de volar surgió otra duda ¿cuál es el mejor lugar para disfrutar el paisaje del cielo? ¿Adelante, en el medio o atrás? ¿Cerca del ala o lejos del ala? ¿Atrás o delante de las alas? ¿Del lado izquierdo o del lado derecho? A esta altura del relato preguntarán por qué tantos interrogantes. Señoras y señores: era mi primer viaje en avión y no sé cuándo habrá otro. Además, dinero de ahorros del kirchnerismo hay uno sólo y hay que usarlo bien.

Entre todas las diferentes opciones que me dieron por whatsapp, facebook y tuiter elegí la siguiente: lado izquierdo, al medio, delante de las alas. Más precisamente, asiento F15. Nunca lo voy a olvidar. Quedará guardado en mi memoria el vuelo 1723 de Aerolíneas Argentinas, destino Iguazú,  asiento F15.

Inmediatamente después de la elección del lugar en el mapita de asientos de la página de Aerolíneas, de cargar los datos y confirmar todo me dispuse a apretar el botoncito de “imprimir/guardar como”, y como nunca nada es fácil en mi vida, no pude hacerlo. La página web se reinició y me quedó la incertidumbre de sí todo estaba en orden.

Volví desesperado a tuiter a preguntar cómo seguía con esto y fue en ese instante que me llegaron mensajes de tuiteros en quienes decidí confiar y en cuyas manos puse mi viaje. Si, así de exagerado. Me resolvieron todo con un “anda con el documento que ahí te imprimen el boleto y despachás”.

Ya estaba casi en vuelo, compañeros. La felicidad me inflaba el pecho. Pero como inseguridad es mi segundo nombre, no paré de llamar al 0800 de Aerolíneas con un papelito al lado mío en el cual tenía anotadas todas las dudas. Por suerte, nadie me atendió en todas esas horas que llame, porque hubiese sido doloroso que me mandaran a cagar por pesado. Y bien merecido lo hubiera tenido.

Luego del affaire de los tramites del pasaje, de los mails que tenía que tener pero que no tenía, de la no impresión, de las dudas, de los llamados al 0800, del pendrive cargado para imprimir por las dudas en el aeropuerto, del asiento F15 y toda la cháchara que se resolvió con un simple “llevar DNI”, volvió una calma a mi cuerpo y a ella le siguió esa rara mezcla de felicidad y nervios por algo que hacés por primera vez y por lo que esperaste mucho. En este caso, volar en avión.

Todo el día anterior me la pasé ultimando todos los detalles necesarios para el viaje en avión y lo que iba a hacer en las vacaciones. Debo confesar que fueron unas vacaciones donde hice muchas cosas por primera vez, como irme tan lejos de casa por primera vez en mi vida, ir a un hotel por primera vez en mi vida, que ese hotel fuera cuatro estrellas por primera vez en mi vida, tener desayuno buffet por primera vez en mi vida, ir a un free shop por primera vez en mi vida, cruzar la frontera del país por primera vez en mi vida, estar en otros países por primera vez en mi vida, ser extranjero por primera vez en mi vida, comprar con dólares por primera vez en mi vida, comprar en reales por primera vez en mi vida, comprar en guaraníes por primera vez en mi vida, viajar en barco por primera vez en mi vida, conocer una de las maravillas naturales del mundo y un montón de cosas más que, en alguna otra oportunidad, contaré.

Pero el rey fue el ansiado viaje en avión. Así que me pasé el día arreglando el tema de excursiones y paseos porque me gusta tener todo claro y programado. También revisé muchas veces las maletas. Sí, dije maletas. Fue loca la situación de las maletas: las cerraba y las volvía abrir; siempre me quedaba la sensación de que algo me estaba olvidando.

A medida que el reloj corría y las horas pasaban la excitación era mayor. Creo que fue a partir de las nueve horas previas al vuelo que mi corazón comenzó a experimentar palpitaciones que seguirían hasta el momento del arribo. Además del sudor en las manos; me refregaba una con otra permanentemente. Y, inevitables, los repentinos cambios de humor. Bah, lo normal ante cualquier primer viaje en avión…

Con todo esto se me pasó el día. Y así llegó la noche anterior al vuelo. El avión salía a las nueve y media de la mañana del viernes 13 de enero de 2017 y tenía que estar, según lo que decían los mails y la gente que ha viajado, por lo menos dos horas antes.

Antes de seguir el relato quiero confesarles que hasta el día de hoy pienso que los pasajes me salieron más baratos de lo normal porque eran para un viernes 13 y toda esa cosa de los mitos y leyendas que tiene este tipo de fechas creo que influyó.

Sigamos.

Como decía, llegó la noche y era más que obvio que no iba a poder dormir. Un poco por la ansiedad, los nervios y la felicidad y otro poco por miedo a quedarme dormido. El remise estaba citado para las cinco y media de la matina y yo a las tres ya estaba medio cabeceando. Se me ocurrió comenzar a tomar algo de alcohol pero, otro miedo más: sentía que podía pasar de beber a escabiar en un instante, así que desistí de la idea. Tenía que estar óptimo para semejante hecho en mi vida.

En un momento de la madrugada cerré los ojos y cuando los abrí ¡eran las cinco de la mañana y estaba por venir el remise! Por suerte el remisero llegó tarde. (El “por suerte” es irónico). Pero vino. ¿Y adivinen qué?, vivo en calle de tierra, el auto del remisero era bajito, se comió un pozo y se le salió el paragolpes. Veinticinco minutos estuvimos tratando de arreglar el paragolpes del auto. En mi cabeza estaba la preocupación por llegar a tiempo a Ezeiza y la solidaridad con el remisero que me cobró $330 un viaje que a él le iba a salir más caro. Atamos como pudimos el paragolpes y emprendimos viaje hacia el aeropuerto.

Como dije antes, Ezeiza no queda lejos de casa así que en media hora ya tenía aviones sobrevolando mi cabeza. Fue hermoso aquel instante donde los veía tan de cerca y en el cual sabía que minutos más tarde yo iba a estar en uno de esos. Fue indescriptible.

Llego al playón del aeropuerto. Gran momento de mi vida. Me sentía re cheto. Lo primero que me pasó es que me ofrecieron unos carritos para el equipaje y dije “no, gracias” porque no sabía cuánto me podían costar. Después me di cuenta que son gratis.

Encaro para la puerta de entrada. Tensión. Nervios. Alegría. Varias sensaciones. Se abre la puerta. Estoy por ingresar a un mundo totalmente desconocido para mí. Se abre la primera puerta automática. Estoy a tres metros. Empiezo a observar todo. Camino. Se abre la segunda puerta automática del Aeropuerto Internacional de Ezeiza Ministro Pistarini. Más primeras veces.

Pero yo ya estaba ahí. Nada podía impedir mi sueño. Ya lo estaba cumpliendo y se puede decir que lo disfruté mucho a pesar de los nervios y que fui feliz. Crucé la segunda puerta y ya estaba en el hall del aeropuerto.

Enfrente mío, una serie de lockers con gente trabajando. Después descubriría que es allí donde te dan los pasajes y despachás el equipaje. A la derecha, un bar, un kiosko en el que pagué 80 pesos dos paquetes de galletitas que no salen más de 30. Sillas para sentarse a esperar. Y turistas caminando con sus valijas. Mi primera sensación fue que el hall era muy chico. Nada que ver con lo que uno ve en las películas. Tampoco había un mundo de gente que iba y venía.

Una vez que realizo el check in y despacho el equipaje me dispongo a esperar el tan ansiado momento, no sin antes sacarme todo tipo de fotos en los diferentes lugares del aeropuerto. Si, hasta en el baño. Baño donde esperé ver gente afeitándose o limpiándose el chivo, como en esa película de Tom Hanks. Pero nada de eso ocurrió. Finalmente, me siento a esperar al lado de la pantallita que avisa la partida de los vuelos hasta que avisaran del mío.

Y llegó el momento, compañeros. Salgo caminando hacia esa entrada que dice “vuelos nacionales/ vuelos internacionales”. Le doy el pasaje a un trabajador, me lo corta y paso. Un pasillo me separaba del avión, pensé. Pero no. Había otro hall. Y mucha policía aeroportuaria. Paso el detector de metales y, obviamente, suena la chicharra. Mi condición de morocho hacía de las suyas.

Vacío los bolsillos. Paso el equipaje por la cintita esa que tiene un scanner. Y, atención, me hacen sacar las zapatillas. En otro momento y lugar hubiese hecho un escándalo, pero como vi que del lado internacional hacían lo mismo no lo tomé como algo personal e hice caso. La yuta de los aviones me agradece. Agradezco. Y sigo.

Tenía que tomar el avión en la puerta 4. Hacia allí me dirigí. Hasta ese momento no entendía adonde tenía que subir al avión. Y de repente veo que la gente de la puerta 4 se subía a un micro. Mi desconcierto fue total. ¿Un micro? No entendía nada. Nadie me había dicho que me iba a subir a un bondi. Sin preguntar nada me subo a ese micro azul. Y como la historia de mi vida en los bondis es viajar parado, claramente, viajé de pie. El micro es el que te lleva a la entradita del avión por la pista. Es un dato que les dejo a los que todavía no viajaron en avión. No se asusten y suban sin preocupación. De nada. Y ahí, en un instante, estaba el avión. Mi avión.

Sí, ahí estaba mi avión, un Boeing 737-700 JET de Aerolíneas Argentinas, vuelo 1723 con destino a Puerto Iguazú. Ahí estaba el avión de mis sueños de obrero. El avión que era un imposible. El avión de mi vida. El avión que pagué con los ahorros del kirchnerismo. Mi avión.

Saqué todas las fotos que pude antes de subir la escalerita. Subo. “Buen día, señor”, me dicen las azafatas. Respondo cordialmente. Mientras busco el asiento F15 miro todo. Pero todo. Miro a los pasajeros. Miro el interior del avión. Miro arriba. Miro abajo. Y miro a los costados. No se me podía escapar nada. Y siempre con la cámara en la mano porque todo queda guardado en la memoria, pero mejor si está en una carpeta de archivos de la compu. Veo el F15 y me siento. Bastante cómodo el lugar. Las azafatas comienzan a gesticular las indicaciones que son tal cual pasan en las pelis. Me abrocho el cinturón de seguridad.

Hasta ahí siempre pensé que lo del cinturón de seguridad era gilada. Ya no lo pienso más. No recuerdo quién avisa que ya está por comenzar el despegue. No entraba la felicidad en mi cuerpo y la sonrisa no cabía en mi cara.

Alta felicidad. Estaba arriba de un avión a punto de volar.

Y comienza el momento culmine. El avión empieza a andar por la pista. Siempre me había preguntado si el miedo a volar lo sabías de antemano o lo experimentabas in situ. Yo no tenía miedo a volar. O eso pensaba.

Al principio me decepcioné porque el avión iba por la pista más lento que una tortuga. ”¿Esto es todo?”, me pregunté. Hasta que en un segundo todo cambió. El avión tomó una velocidad sorprendente, increíble. El impulso empujó mi cuerpo hacia atrás. Ahí entendí lo del cinturón de seguridad.

Era una cosa tremenda. Me agarré de los apoya brazos. Todavía estábamos en la pista -que veía desde la ventanita- y yo flasheaba que a esa velocidad íbamos a traspasar las 88 millas por horas, corte la película Volver al futuro. Fueron unos segundos de una velocidad intensa sobre la pista hasta que empezó a subir. ¡Papito, qué sensación!

Sentí que mi panza se revolvía. Lo estaba disfrutando mucho mentalmente, pero en el cuerpo había consecuencias. Creo que tuve vértigo y miedo. Creo. Por suerte la alegría pudo más. El avión subía pero, al mismo tiempo, yo sentía que bajaba, que no se estabilizaba. Pensé que el avión se caía a la mierda.

Los nervios hicieron que me empezara a reír. Yo seguía agarrado de los apoya brazos y mirando la ventanita. Y de pronto vi que estábamos arriba de las nubes. Eran como campos de algodón celestiales que se me abrían paso a mí, a un obrerito que solo sabe de albañilería. Entre la majestuosidad del cielo y el revoltijo de mis entrañas caían sobre mis mejillas lágrimas de felicidad.

En un momento el avión se estabilizó. Dos cosas sorprendieron del vuelo: por un lado el desnivel del cielo, no sabía que había baches similares a las calles de tierra de mi barrio. Mi imaginación creía que era un viaje plano. Por otro lado, el tremendo dolor de oídos que me agarró por la presión del aire. Pero disfruté del paisaje del cielo, del sol que entraba por el otro lado del avión y de  las venas y cicatrices que tiene la tierra con sus ríos, campos y ciudades. No disfruté mucho la Seven Up natural que me sirvieron, pero tampoco es para renegar.

El vuelo no duró más de dos horas, pero fueron de las dos horas más lindas de mi vida. El aterrizaje también me costó. Igualito a la subida. El zamarreo de la velocidad, el dolor de oídos y el impacto que hace el avión; suave pero rotundo cuando toca pista.

Aterriza. Por unos altoparlantes del avión avisan que llegamos a destino, nos informan de la temperatura de la ciudad y nos agradecen por volar por Aerolíneas Argentinas. “De nada”. Y ahí sucedió una de las cosas que me prometí hacer. El tan esperado momento de los aplausos por, calculo, aterrizar en orden. Muchos me habían advertido: “no vayas a aplaudir, eh” o “aplaudir cuando aterriza es de gil”. No hice caso. ¿Cómo no iba aplaudir? Yo quería hacer todo lo que se hace en un viaje en avión. Soy un lugar común hecho persona. No aplaudir es como ir a Iguazú y no visitar las cataratas, como comer asado y no tomar vino. Que no aplaudan los que viajan seguido en avión.

Y pensando en mifamilia, en Perón, Evita, en Néstor y en Cristina, en todo el esfuerzo de este trabajador, sus hijos y su compañera, no sólo aplaudí, también cumplí mi auto promesa ygrité “¡Viva Perón!”. E hice la V con los deditos por… por  la felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria. Redoblé la apuesta y le puse peronismo al aterrizaje.

Las azafatas avisan que uno ya se pude bajar.

Caminé por el pasillito del avión, saludé a la tripulación que estaba en la puertita y fui por una manga hacia el hall del aeropuerto de Iguazú. Me esperaba la cinta del equipaje. Otro gran momento. Después de “cazar” mis valijas de la cinta transportadora comenzaban mis vacaciones. Pasé la mejor vacación de mi vida y, un poco más canchero y con un poco más de experiencia después de unos días, tomé el avión de vuelta.

Lo disfruté tanto como el primer vuelo. Sin perderme ningún detalle. Y lo de no perderme ningún detalle es porque para mí fue una experiencia única e inolvidable.

Ojala pueda volver a relatar una crónica así pero por la puertita de vuelos internacionales.

Algún día…

Mariana Moyano