Un día en la escuela

Carta Abierta de una maestra a lxs "voluntarixs"

Frente a la delirante, irresponsable e ilegal propuesta de que "voluntarixs" cubran el lugar de los docentes en su/s día/s de paro, provocado por la negativa oficial a discutir las paritarias, una maestra escribió una Carta Abierta. Lo hizo de un tirón y, como me dijo ella, "podría escribir horas de la furia que tengo acumulada pero siempre hay algo que debe quedar para uno...". 

Se llama Andrea B y este es su texto: 

Aunque tenía 23 años, la primera vez que me llamaron “doña” sentí como cada letra me iba revelando lo que no hacía el espejo y me pregunté en qué momento se habían volado mis años, mi juventud. Me di vuelta como quien siente un insulto y fue la única vez que mi cara se desfiguró dentro de la escuela. Contesté a esa simple palabra, tan cargada de sentido, que me llamaba Andrea. Los chicos me miraron asustados, no me conocían. Para sorpresa mía, yo tampoco a ellos. Se miraron, sintiéndose alumnos en el estricto sentido de la palabra, sintiendo que el poder lo tenía yo, sabiendo que podía reaccionar como quería. Allá en el fondo alguien levantó la voz sin mirarme y se animó a decir que “doña” sólo les decían a las personas que respetaban. Agradecí, pedí disculpas y repetí que me llamaba Andrea. No iba a aceptar el “doña”. Ese fue mi primer día como docente titular en la escuela pública.

Mis años previos de docencia fueron en una escuela privada, estuve un año, derribé mitos y renuncié, me dije que iba a trabajar en el Estado para siempre. Titularicé en una escuela en la que mi papá me preguntó con cuántas balas de ventaja tenía que ir. Porque si vamos a ser osados, lo hacemos completo, así que tomé un curso a la noche.

A los dos meses ya había gastado más dinero de mi sueldo en fotocopias de cuentos para esos chicos que no podían comprarlas pero que iban con las manos llenas de cemento a la escuela después de trabajar. Recuerdo una jornada de capacitación en la que el debate matutino giró en torno a si debíamos dejar a los chicos usar visera en el aula. Algo ridículo. Hoy me siguen llamando “doña”, soy la “doña” que los dejó usar visera en el aula, la que les enseñó a usar el celular y las redes sociales con todo el sentido práctico y la utilidad que desconocían. Hoy tengo 30 años.

Las jornadas siguientes fueron menos digeribles. Se empezaba a enumerar una suerte de lista de alumnos y su respectivo problema. Era similar al reconocimiento por un número. Se comenzaba diciendo “la nena a la que se le murió la madre” y se seguía con un sinfín de alumnos. Y sus problemas. No entendía muy bien qué pasaba, las primeras veces sólo escuchaba. Cuando llegaba a casa, largaba todo, le contaba a toda mi familia los problemas de los chicos. Nuevamente los problemas. No había sujetos con el derecho a una educación, había nombres con problemas.

Los días en la escuela pública transcurren así. El docente llega a las 7.30 de la mañana a trabajar y más tarde se da cuenta que su trabajo no está bien definido. Uno nunca sabe con qué se va a encontrar. En el pasillo te frena una alumna y te pregunta si te puede contar algo, eso es una bomba. Le decís que sí, escuchás lo que le pasa a la familia, a ella, e intentás tranquilizarla. Subís la escalera y te cruzás con un alumno que fumó marihuana antes de entrar al colegio y no se puede tener en pie. Lo llevás al aula, lo ayudás a sentarse y rogás que no se levante, no vaya a ser cosa que se dé la cabeza contra el piso cuando está a cargo tuyo.

Seguís caminando al aula mientras te parece que el trayecto es más largo que la llegada de Ulises a Ítaca, una profesora al azar menciona que hay una alumna que no aparece, que se fue de la casa y que la madre ya hizo la denuncia. Fijate qué hacés con todo lo que te mueve, vos tenés que dar seis horas de clase yendo desde los mitos griegos hasta el grotesco criollo. No ves la hora de llegar a tu casa para prender la tele y rezar que la chica no aparezca en las noticias.

Todavía no llegaste al aula, no pudiste cerrar la puerta (si es que tiene) para sentirte segura de las bombas que tiran en los pasillos. Te suena el celular. Una alumna te mandó un mail en el que dice que no puede ir a la escuela por un tiempo porque la madre tiene que trabajar y alguien debe cuidar a sus hermanos. Te pregunta con qué libro vas a comenzar así no se atrasa. Le contestás. Pensás que la vida no tiene nada de justicia social, ni empática.

Llegás al aula, ¿vieron todas las cosas que pasan en 20 metros? Los chicos están enojados porque no hay calefacción y tienen frío. Otros reclaman porque no hay agua en el baño. Olvídate de cerrar la puerta porque no hay. Se asoma un alumno de otro año y pide un banco y sillas que no tenés. A cambio te ofrece el borrador porque su profesor ya borró el pizarrón. Si hay algo que no se mezquina en las escuelas es el borrador. Es un bien de lujo, creo que le deben haber bajado los impuestos a su producción. Llega la preceptora a pasar lista y te obsequia una tiza. Ojo, es una para toda la mañana, administrala.

Intentás arrancar con la clase. Para mi cumpleaños uno de mis cursos me hizo brownies y llevaron mate. Hicimos ronda en el piso y leímos a Homero mientras comíamos e intercambiábamos chistes. La Odisea la leyeron completa, los XXIV cantos. Hoy la recuerdan. Qué me van a hablar de vocación…

Un curso me pide que hagamos un grupo en whatsapp. Es un camino de ida, no hay retorno después de darle tu número de celular a chicos de 16 años. Pero los chicos siempre sorprenden y te respetan, claro que si vos también los respetás. A los meses me piden que les cuente un cuento todas las noches antes de irse a dormir, que se los mande por audio de whatsapp. Llego corriendo a las 10 de la noche de la facultad, revoleó todos los bolsos que llevé durante el día y tomo el cuento, el que seleccioné el fin de semana, me siento y mando el audio. Cuando termino siento que no hay nada más lindo y gratificante que ser docente, después me cocino.

Un domingo te suena el celular. Son los chicos, ¿quién más? Te piden ayuda con un mural que están haciendo, con una jornada de limpieza, con una kermese que organizaron para juntar dinero, con un proyecto educativo sobre derechos humanos. Salís corriendo a la escuela. Pueden estar desde colgados de una escalera hasta haciendo las cosas más locas y disparatadas para que todo salga como lo planearon. Te reís mientras tomás mate, nunca se va un domingo a la escuela sin mate. Necesitás un baño pero no funcionan, están clausurados porque no vienen del Consejo Escolar local a repararlo. Te la bancás y les recordás a los chicos que también lo hagan.

Llevás fotocopias, tizas, videos, películas, trabajos corregidos, exámenes, textos que propicien la discusión, el debate, ofrecés tu tiempo libre, te seguís formando, capacitando, estudiando, elegís otra carrera para ejercer además de ser docente, lees los mails que te mandan, intentás decir algo en momentos donde las palabras sobran, vas a visitar a la casa o al hospital al que se enfermó, vas al velorio de algún familiar directo de tu alumno, a veces te toca ir al de tus alumnos. Multiplicá eso por siete u ocho cursos, los que necesitás para poder vivir.

¿Seguís pensando que trabajamos sólo 4 horas? ¿Seguís pensando que nos falta vocación? Los chicos hoy preguntan qué es la corrupción, una palabra que circula mucho en los medios de comunicación. ¿Les explicamos que corrupción también es no cumplir una ley? ¿Cómo formamos sujetos comprometidos con la realidad y con conciencia cívica si los de más arriba no cumplen con sus obligaciones? ¿Cómo les exigimos que realicen las actividades o lean los libros? ¿Cómo les pedimos que estén en un lugar en el que pasan más de la mitad de la vida que tienen si la escuela se cae a pedazos por la desidia de los funcionarios?

¿Seguís pensando en ser voluntario? Vení, la educación pública te necesita, nos necesita. Nos necesita a todos, todos los días.

Mariana Moyano