La Renga: Pipones de rocanroll

Por @galileo1487

La Renga brindó el miércoles 2 de agosto su segundo banquete de esta serie de conciertos históricos en Huracán que comenzó el sábado pasado y que continuó el 5 y se extenderá hasta el 9 de agosto. Estos recitales son la vuelta de la banda de Mataderos a los escenarios porteños luego de diez años que se hicieron eternos.

Toda esa espera hizo que la desesperación se apoderara de los miles de “rengos” que hicieron lo imposible para conseguir una entrada. No fue una tarea sencilla. Los “che, si sabés de una entrada, avisá” se reprodujeron de boca en boca y por redes sociales. Es que todos querían (queríamos) estar. Los días en los cuales los tickets salieron vieron a personas amanecer frente a la computadora para obtener ubicación en la fila virtual y peregrinar por todos los puntos de venta que se habían dispuesto en Capital y provincia de Buenos Aires. Sólo algunos lograban el botín y la frustración llegó a otros tantos.

La desilusión de quienes no lograban su ticket tenía una razón de ser: Los banquetes de La Renga, como llaman sus seguidores a estos encuentros, son una de las manifestaciones populares más convocantes del país. Miles de pibes y pibas se movilizan desde cada rincón de la Patria para ver a la banda. Y no es porque sí ni es sólo la música; hay algo del orden del encuentro. Sin entender eso es imposible comprender comprender “el fenómeno rengo”.

Nos encontramos. Uno siempre se encuentra con alguien. Y en esa reunión hay recuerdos de viejos encuentros; está el encontrarse en una cerveza compartida, en la remera con la fecha inscripta del encuentro anterior, en las historias, en las anécdotas y en la seda. Y ahí, en ese momento, en ese lugar, en ese tiempo, uno encuentra su lado salvaje.

No es un amigo, pero en ese encontrarse, lo es. Se comparte un asado con quienes llegaron con lo puesto o algo para tomar o, lo que es más importante: se comparte el grupo. Y ahí es donde aparecen las historias, las de los pibes, las de las pibas, las del barrio, las de los laburos y las de amor.

En el ambiente se percibía la expectativa por ver a La Renga en CABA. Una década completa había pasado desde aquel recital multitudinario en el Autódromo Oscar Gálvez. Durante todo ese lapso los barrios nos movimos a distintos puntos de la provincia y el país para seguir a la banda. Viajar es parte de la aventura, pero a veces es bueno recurrir a la calma de tener cerca al recital. Durante todos estos años hubo intentos de volver a tocar en la ciudad pero por cuestiones legales, de “seguridad” y de otra índole, se negaba la posibilidad.

Desde hace un buen tiempo, la banda que lideran Chizzo Nápoli y los hermanos Tete y Tanque Iglesias cargan con el estigma, junto a su público, de “problemáticos”, mote que también ese cocoliche llamado opinión pública le encajó a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

Me atrevo a decir que eso no es más que vómito de odio y descalificación al llamado “rock barrial,” como si desde los barrios no pudiese crearse esa música que conmueve a los propios. En esas canciones están las historias de vida de los lugares; en cada acorde, en cada golpe de parche, en cada swing de bajo, en cada letra está la carne de la gente que se hace carne en esa gente. Esas canciones fueron escritas para nosotros y nos hacemos tan dueños de esas melodías que a veces sentimos que también fuimos parte de la composición. Si esas canciones cuentan historias “para” los pibes de los barrios es porque los pibes de los barrios creamos historias para que nos hagan canción.

A todo ese odio socio-musical que se erige cada vez que se avecina un concierto de esta magnitud, como en este caso La Renga,  nosotros les respondemos que sí, que somos los grasas, que también somos los negros pero que no, que conchetos, no. Y es cantito y es himno. Porque cuando nos gusta algo le metemos pasión. Y vamos con nuestra bandera que dice Che Guevara, un par de rocanroles, y ¿por qué no’, con un porro para fumar. Y ahí vamos. A la carga, mi rock and roll.

La jornada

A pesar de que se trataba de un día laborable, desde temprano las inmediaciones del estadio se colmaron de invitados. Una tarde soleada se abrió para los comensales del banquete. El cemento de la zona sur de la ciudad se transformó en un camping gigante. Grupos de chicas y chicos, familias y motoqueros se iban acomodando en las callecitas y avenidas. Con heladeritas, bebida y olor asado en el cordón. El Parque de los Patricios y el Florencio Ameghino fueron lugares estratégicos para pasar el rato. Sobre las avenidas más importantes de la zona se iban acomodando los micros, las combis y los autos que venían desde los distintos puntos de las provincias y, sobre todo, del conurbano. A medida que caía la noche la marea de gente era cada vez más grande.

Toda la previa transcurrió en una hermosa paz. Los fanáticos cantaban, bailaban, bebían, comían, y arengaban. Es inevitable comparar el fenónemo no musical de La Renga con lo que sucede con Indio Solari; y en el caso de La Renga se genera un ambiente más fraternal, incluso hasta me atrevería a decir, más familiar.

El estadio Tomas Ducó es un gran lugar para conciertos de esta talla. Tiene amplias avenidas cercanas, está próximo a autopistas y posee tanto un muy buen ingreso y como una gran salida. Hubo mucha policía y también mucho control. Era lógico; la prohibición política y proscripción musical que sufrió la banda iba a encontrar cualquier excusa para volver a aparecer.

El escenario estaba ubicado del lado en el cual se erige la característica columna del Ducó. Dos torres de sonido y cuatro pantallas componían la parte técnica. Como de costumbre, cuando toca La Renga hay bandas invitadas: hubo dos por cada una de las fechas. Esto habla muy bien del trío rengo que sigue generando, apostando y ayudando a otras bandas de rock que van emergiendo. Mientras ellas suenan, el estadio se llena.

Pasadas las diez de la noche tal cual estaba anunciado, las luces se apagan. Un riff de guitarra suena. Los platillos de la batería comienzan a flamear. Se sienten los graves del bajo. El público aplaude, grita, salta. Son los primeros segundos. Un segundo más y empieza. “Vamoooo La Renga” gritan todos. Y La Renga va. Ahora sí. Después de la intro, la primera canción: Tripa y corazón. Sí, señores. Ya estamos. Es tu canción la que quiero oír en mi voz.

La lista de temas fue impecable. Palo y palo. Puro rocanrol. Una canción atrás de otra para que la gente no dejase de saltar, bailar y cantar. La excusa de estos shows era la gira del disco “Pesados Vestigios”, pero hicieron un gran repaso de toda su obra, a excepción del primer álbum

Luego del primer tema, Chizzo, guitarrista y frontman de la banda, saludó con su timidez verbal habitual: “¡¡Buenas noches, Buenos Aires!!”.  Durante el show la relación con la gente es netamente musical. El Tanque Iglesias, increíblemente flaco y “fachero”, habló desde su batería con cada golpe a los platos y parches. El Tete Iglesias, con su poderoso bajo y su desborde de energía lo hizo correr y bailar por el escenario en un disfrute extasiado sin igual. El Chizzo Nápoli dialogó con la multitud mediante su viola y la pedalera y con sus alaridos en cada canción. El cantante habla poco, pero dice. Como cuando deslizó un “estamos rockeando en esta ciudad que está medio dormida”. Que cada gallinero se haga cargo de su palito.

El sonido fue espectacular. Se escuchó muy bien de todos.

Hubo una perlita al promediar el show. Cuando estaban terminando de tocar En el baldío se cortó el sonido y se apagaron las pantallas. Hubo un murmullo de desconcierto entre los fans pero inmediatamente comenzó “el aguante” con cantitos. El show se detuvo por casi diez minutos. En ese lapso otra perlita: desde una popular y desde una parte de la platea contagiaron a un sector del campo con un cantito que nada tenía que ver con La Renga musical pero sí con La Renga fenómeno: el “oh vamos a volver, a volver, a volver, vamos a volver” se apoderó del concierto.

Una vez solucionada esa pequeña falla técnica el show siguió en su estado más alto de ebullición. No hay forma de no quedar arriba, bien arriba. Dan ganas de que ese momento no finalice jamás, y, sí, dan ganas de volver. Más de dos horas de puro rocanrol crudo y blues hace de La Renga la gran banda que es.

Al finalizar y después del tradicional cierre con Hablando de la libertad, Chizzo nos invitó a los siguientes shows. Y como buen anfitrión pidió que saliéramos en paz y que regresásemos a nuestros hogares en tranquilidad. Así lo hicimos. Habíamos quedado pipones con el banquete, aunque nosotros siempre querremos más rocanrol.

 

 

Mariana Moyano