El racismo y la billikenización de Mauricio Macri

Estamos ya acostumbrados pero se supera, así que no deja de sorprendernos pese a que lo ha convertido en rutina. Sí, nos hace pasar vergüenza. Encima de todo lo que sufrimos a nivel local, tenemos que soportar los papelones internacionales. Que va a viajar al mundial de Rusia 2018 porque se lo pide la hija de 6 años; que el empresario asiático parece tener una novia argentina;  que la selección nacional le va a ganar a Alemania.  Y así. Todo así. Y se los dice a Vladimir Putin, a Jack Ma con su esposa al lado o a Angela Merkel. No tiene filtro y se parece a Mr. Gardiner. Pero es el Presidente y nos gobierna.

Mauricio Macri es el Presidente, nos gobierna y se parece a Gardiner. Sí. Pero también es el primer representante puro de esta nueva derecha no democrática pero sí tilinga y, en tanto tal, entiende y comparte los códigos del sentido común (Gramsci dixit) dominante.

Ya sé. Ya hay alguno discutiéndome la idea. Ya hay una cabecita que ubica a “sentido común” como sinónimo de lógica y que me va a decir que Macri carece de eso y que qué cuernos tienen que ver Gramsci con Macri. Bueno, pues para que no peleemos y se queden hasta el final, aclaro que lo de “sentido común” va en el sentido de cómo lo concibió Antonio.

Decía Gramsci: “el sentido común es la filosofía de los no filósofos. Una concepción del mundo absorbida acríticamente por el hombre medio. (…) El sentido común vulgar (...) es dogmático, ávido de certezas perentorias (…). El sentido común es un nombre colectivo como religión; no existe solo un sentido común, pues también éste es un producto y un devenir histórico. (…) El ‘sentido común’ de una sociedad determinada, está hecho de la sedimentación de diversas concepciones del mundo, de tendencias filosóficas y tradiciones que han llegado fragmentadas y dispersas a la conciencia de un pueblo. De ese ‘sentido común’ se tomarán referencias y ordenamientos que justifiquen o reprueben los actos de la vida pública y privada”. Y aquí viene la joya que nos deja el italiano: “El sentido común dominante es el sentido común de las clases dominantes”.

Y nos vamos acercando y, quizás, ya estamos logrando acuerdos, no sólo para poder seguir juntos en el texto, sino para ver cuan enlazados están el actual Presidente argentino con el intelectual más brillante –según mi criterio- que nos dejó el marxismo.

No creo que Macri tenga demasiado claros los conceptos filosóficos de lo que es la batalla cultural (el kirchnerismo tampoco y tanto usó esa noción como mantra que, como sucede con toda repetición, la terminó vaciando de sentido) pero no es acá lo que importa porque lo que sí sabe hacer el Presidente es llevar adelante la batalla que puede permitirle ganar la guerra.

Hoy Macri dijo un –otro más- disparate. En el Foro de Davos, ante los líderes y periodistas de todo el planeta dijo la siguiente burrada: “Yo creo que la asociación entre el Mercosur y la unión Europea es natural porque en Sudamérica todos somos descendientes de europeos”.

Es un comentario racista, ignorante, fácilmente desmontable (¿desmentible?) y queos llevaría tres datos y dos fotos aniquilar. Como dijo sencilla pero contundentemente Hugo Salas (@hugosalassemua ) en su cuenta de Twitter: “Lo más triste de la gaffe de Mauricio de que ‘somos todos descendientes de europeos’ es que ni siquiera se aplica a su esposa, descendiente de libaneses y sirios. Es decir, estamos en manos de un tipo que es incapaz de conceptualizar su experiencia inmediata”.

La observación presidencial debe, entonces, generarnos un respetable temor por en manos de quien estamos y un claro repudio por la invisibilización de tantos millones de compatriotas.

Pero esos dichos encierran un peligro que, a mi juicio, es el más temerario: la declaración no fue sentida como una ofensa por las propias mayorías maltratadas en esa frase. Y por una razón que es la que enlaza a Macri con Gramsci: nuestro sentido común, es decir, los 200 años de historia y relatos que nos preceden, nos ha taladrado con que somos un pueblo o mestizo o venido de los barcos. Baste este dato como muestra de contra qué cosa peleamos quienes sentimos los dichos presidenciales como una daga en el corazón: Recién en el año 2010 –hace nada- se cambió lo de “Día de la Raza” por “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”.

Mauricio Macri pertenece por alcurnia, por cuenta bancaria, por negocios y por modos de pensar a la clase dominante argentina, esa que hoy ha pasado de ilustrada a tilinga. Y aunque no comparta ni alcurnia, ni cuenta bancaria ni negocios con los millones de nuestro país, por ser parte de quienes dominaron, comparte modos de pensar. Ese es el caballo del comisario de la derecha: ellos montan el equino que hicieron nacer, el que criaron y el que adiestraron. Los que tenemos que cabalgar a pelo y a contra pelo somos nosotros, los no hegemónicos.  

Con toda esa carga histórica a favor es que pueden “billikenizarnos” la vida e infantilizarnos el relato de la trama de nuestras propias existencias.

Macri es la infantilización y la billikenización y al mismo tiempo encarna una complejísima operación cultural claramente hegemónica de ratificación de sentidos comunes. La barbaridad de Macri de hoy en Davos no cae mal salvo a “los nosotros” sencillamente porque en el sentido común histórico de nuestro país sólo los muy identitarios se asumen como originarios. Entonces, al final de la ecuación, Macri (parece que) tiene razón: sólo los que viven en las comunidades identificadas como tal se sienten “originarios”. Y así es que (nos) gana la derecha dueña de todo desde siempre. Lo que para lo no hegemónico es una tarea titánica, a la derecha “le sale solo”.

Mariana Moyano