“Y” porque con Hebe nunca es “O”. Mi carta

Hebe:

No sé por qué es. Nunca lo hemos conversado. Pero a vos te gustan las cartas. Disfrutás que te escriban y te gusta pensarlas y poner dedos a la obra para hacérselas a los demás. Pensaba escribir sobre vos, pero como te gustan este tipo de textos, opté por escribirte a vos.

El jueves 4 de agosto no fue uno más. Bah, nunca es uno más porque cada día de ronda vos y tus compinches lo convierten en uno especial. Pero este 4 iba a ocurrir algo muy diferente; iba a moverse el andamiaje; tenías muy craneado hacer temblar la estantería. No es algo nuevo para vos. Desde ya que no. Desde 1977 que lo venís haciendo, pero desde que viste en Néstor Kirchner alguien de la política con quien empatizar se te aflojaron los ojos y los hombros. Como te dije (escribí) alguna vez: te desenojaste.

Hice en mayo de 2015 un texto que te gustó. Es más, te conmovió. Y lo digo sin pudores y sin temor de violar una intimidad porque lo confesaste en radio, al aire; en una de esas varias oportunidades en que nos juntábamos en Sintonía Fina. En esos sábados en que yo, con la excusa de entrevistarte, me daba el lujo y el gusto de tenerte cerquita y de charlar y de reírme con vos.

En ese texto que te digo hacía un paralelo entre Hebe y Eva; entre vos y Esa Mujer. Y allí (te) decía esto: “Ella nació el 7 de mayo de 1919 en la provincia de Buenos Aires, en un hogar humilde y en épocas en las cuales ser hija de una “familia no constituida” era la condición suficiente para que el estigma de “bastarda” se lo clavaran como alfileres sobre su historia. Odio es lo que esa palabra posee como sello de origen, aunque no más que la celebración del cáncer por parte de sus enemigos, cuando la enfermedad la consumía desde sus propias entrañas. Fue un cadáver inhallable durante décadas. Hoy, el siglo XX, en el mundo, no se entiende sin su existencia.

Ella nació un 4 de diciembre de 1928 en un hogar humilde de un pueblo trabajador de la provincia de Buenos Aires, en épocas en las cuales las mujeres tenían destinada la cocina, alguna que otra decisión dentro de sus hogares y la más absoluta invisibilidad en la vida pública de la todavía no-República. “Algo habrán hecho”, le clavaron como estigma sobre la incertidumbre de dónde y cómo exactamente terminaron sus días sus dos hijos varones. Odio y decisión política ajustada fue la razón por la cual le arrancaron de sus entrañas lo que su vientre había cuidado. “Loca”, fue la mochila con la que cargó durante años mientras le aguantaba la parada a la muerte y a eso en lo que se estaba convirtiendo. Fue la tradición de una generación diezmada que oprimió como una pesadilla el cerebro de los vivos. Hoy, el siglo XX, en el mundo, no se entiende sin su existencia.

Esa mujer, que siempre renegó del feminismo, les otorgó a las mujeres el derecho que algunas habían soñado y propuesto pero que nadie había logrado se corporizara como acto y hecho en la vida política de la Argentina.

Esta mujer, que siempre renegó del feminismo, convirtió a la maternidad en el acto más político de la historia argentina, sacándolo del sitial de naturaleza que le han dado por siglos los higienistas, los burros, los dominadores y el patriarcado.

Esa mujer fue odiada por lo más patricio de la sociedad local, ofendida por su condición de hija no reconocida por las damas de alta sociedad, despreciada y muchas veces injuriada por la izquierda socia del embajador Braden.

Esta mujer fue detestada por lo más patricio de la sociedad local; fue ofendido su símbolo, ese pañuelo pintado en la Plaza de Mayo, por las damas de alta sociedad; fue despreciada y desoída por décadas y su imagen prendida fuego por la izquierda que hoy, si pudiera, no dudaría en ser socia del embajador Braden.

De Esta mujer, Esa mujer no dijo nada. Porque no la conoció. Porque tanto vivaron al cáncer que éste hizo su trabajo rápido y se la llevó pronto. De Esa mujer, Esta mujer primero dudó, porque Esa Mujer era la mujer de un militar. Hasta que la conoció, por relatos, por historia, por lecturas, porque se abrió, porque se desenojó, por amor. Y escribió: “Es difícil decir algo sobre (ella), algo que no se haya dicho. Es difícil pensar que en tan pocos años hizo tanto, que era tan jovencita y que había decidido tantas cosas, que el pueblo llegó a amarla con desesperación en poco tiempo. ¿Qué espíritu impulsaba a esa mujer? ¿El amor a Perón? ¿El amor a su pueblo? ¿Qué sería lo más grande? Son preguntas que todavía nos tenemos que hacer porque son demasiados pocos años para tanto que hizo”.

 

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Te pregunté si estaba bien, si era un diagnóstico correcto, aquello de que te habías desenojado. Me dijiste que sí y me explicaste por qué. Te lo super entendí. Es loco lo que nos pasa a las minas cuando nos sentimos locas y tratadas como tales. Vemos algo, sabemos que es exactamente cómo es eso que vemos, lo palpamos, lo tocamos, lo sentimos. Pero nos dicen “no, no es como vos decís”. Y eso nos vuelve locas; nos descoloca, nos trastoca, nos desestructura, nos debilita. Por eso nos prefieren locas. Porque así nos tienen débiles.

Y eso te venía pasando. Te decían que no. Que lo que vos veías, “no”; que lo que decías, “no”; que lo que anticipabas, “no”. Una se encierra, se enloquece y se enoja. Pero cuando alguien que toma las decisiones te reconoce, te acepta el diagnóstico y tiene ese gesto de: “por supuesto, es exactamente como vos decís”, una afloja, cede, se relaja, no guerrea más en pavadas y pasa a la acción constructiva. Porque sale del círculo psicopatón y esquizo en que nos quieren los que no nos quieren.

Y vos te desenojaste. Y te vimos aflojar el ceño, animarte a mostrar tu infinita ternura y tramar travesuras con esas princesas del amor que tenés de cómplices y que son tus compañeras de Madres.

Yo te conocía, obvio. Te había visto, había marchado con vos (bue, no seas canchera, Mariana), detrás tuyo para protestar o defender causas imposibles y te había entrevistado varias veces con todo el cagazo de que me mandaras a la mierda a la primera de cambio. Pero un día pasó algo mágico (para mí, desde ya). Compartíamos un encuentro, una cena de mucha gente. Y me acerqué. Vos estabas sentada y yo me arrodillé para quedar a tu altura (lo escribo y qué literal, simbólico y político me suena) y te agarré las dos manos. Las tenías frías –amo las manos frías- y me dejaste que te las tuviera agarradas mientras empezaba a hablar:

-“Hola Hebe, yo tengo un programa de radio. Me llamo…”.

-“Te escucho cada sábado, Mariana. Estoy esperando a ver cuándo mierda me vas a invitar.”

Se me paró el corazón.

-“¿En serio?”.

-“Nena, ¿vos sabés lo que yo aprendo con tus editoriales?”.

Y viniste. Y nos trajiste regalitos. Y comimos pan dulce, ese que tanto te gusta, y reímos y discutimos y peleamos y mi cuerpo, cabeza, piel y razón te amaron más y para siempre. Y me entrevistaste para tu revista, en tu casa. Y otra vez regalitos; esta vez míos para vos, y nos abrazamos, y nos volvimos a reír, y a discutir, y me preguntaste por mi pelo, y te conté secretos que no publicaste en “Ni un paso atrás” y me regalaste el lacito de amor que es lo primero que se ve cuando alguien entra a mi casa y me hiciste estrujar el corazón cuando me diste uno de tus tesoros: el ejemplar de La Peste de Albert Camus que perteneció a Jorge, uno de tus hijos.

-“No puedo, Hebe. Es de uno de tus hijos”.

Te dije

-“No va a estar en mejores manos. Él lo hubiera querido. Vos sos una mujer muy honesta. Sé que lo vas a cuidar y lo vas a honrar, al libro y a mi hijo.”

Menos mal que eso fue después de terminar la entrevista y cuando estaba saliendo de tu casa. Lloré todo el viaje de vuelta. Nunca recordé cómo llegué a Capital.

 

Ahora, sin ir más lejos, a horas de este jueves 4 de agosto, a varios años de aquello, estoy escribiendo esto, bebiendo el whisky single malt que me gusta y lloro. Vuelvo a llorar. Porque me conmueve, porque me emociona, porque me honra y porque ese libro es para mí un legado y una responsabilidad.

Y nos quisimos. Sé que vos me querés. Lo sé porque me abrazás lindo, porque te preocupás y te ocupás de mí. Porque un día que estaba en una charla en la casa de las Madres en un panel me hiciste llamar para que fuera a verte a la cocina y me lanzaste: “¿Qué te pasa? Vos no estás bien. Te veo en tele y tenés los ojos tristes”. Y me quebré. Me volví a arrodillar (vos no te podías parar porque te acababas de dar ese flor de golpe que pensamos un moretón y fue una complicación de meses en tu pierna). Y me puse a llorar como una nena en tu regazo. Y vos me acariciaste la cabeza y mi respiración fue recuperando el ritmo habitual.

Acababa de separarme de mi pareja y estaba hecha un trapito. La Wonder Woman de la Armadura y la tele no era más que un trapito. “Si no te quiere y te deja, no merece ni tu dolor ni tu cariño”, me dijiste feroz como siempre. Y durante meses me llamaste. Y VOS, Hebe, VOS, la líder de los Derechos Humanos reconocida en el mundo entero, ante la que se rinden desde Bono hasta Fidel Castro, la que es ejemplo en los países nórdicos, la que logra que los líderes del planeta se ocupen de lo que te ocurre, la que habla y logra propalación en cada rincón de la tierra, se preocupaba por algo tan terrenal, común y corriente como la separación de una nadie.

Le conté a mi mamá. Sé que le dio celos. Pero también orgullo. Su hija era querida por LA Madre.

Y pasaron y pasamos días y jueves y micrófonos y almuerzos y programas y risas y cagadas a pedos. Y hasta les dije en una de esas comidas de mediodía: “No me pidan que elija, para mí los pañuelos blancos tendrán siempre mi amor. Es como cuando se separaron mis viejos. No me pidan que elija”. Y se rieron fuerte. “Traidora”, me dijiste. Y lanzamos, todas, la carcajada y nos abrazamos fuerte. Y nos confiamos secretos. Las dos. Esos que sé morirán con vos. Y esos que, podés tener la certeza, morirán conmigo.

Y pasaron los días, los años, los jueves, un gobierno, tu encuentro con el Papa, el maltrato, las represiones que no queríamos volver a vivir, la destrucción de 12 años de construcción, la puesta en primer plano de los fantoches que sólo querían dinero y vaya una a saber qué más, el desvarío, la desorganización, los interrogantes, la pornografía de los acomodaticios, las escondidas de los cagones, la solemnidad de los que no saben que la alegría debe ser ley, el bla bla propio y ajeno y estos 8 meses en los que un día entero de sol parece un milagro. Porque llueve y no para de llover desde el 9 de diciembre de 2015.

Y llegó un jueves. El 4 de agosto. Y los que no entendemos nada de nada te dijimos: “Pero, Hebe, presentate. Andá a Comodoro Py. ¿Qué te cuesta? Es una boludez y te sacás un tema de encima”. Y que no. Que no y que no.

-“Qué testaruda que es”.

Comentábamos miércoles por la noche y jueves por la mañana.

“Pero si ella quiere hacer eso, vamos con ella. Porque es ella”, nos decíamos con cierto aire de resignación.

Y fui. Y fuimos. El jueves ese, el 4. Fui. Fuimos. Como a las 13.30. Fui, fuimos. A tu casa, a la de las Madres. Y fui a verlas a la cocina, ese antro de estrógeno ideológico tan bien laburado. Y ahí estaban ustedes. Tomando tecito o café después de almorzar. Y vos brillabas. Tenías una sonrisa pícara. Ninguna ñaña de tus casi 90 pirulos y los cachetes rosaditos. Los ojos achinados, como se te ponen cuando estás por hacer una travesura. 20 años menos tenías encima.

Salí y dije: “no la para nadie”.

-“¿Vos pensabas que alguien la iba a parar?”.

-“Qué boluda, más vale que no”.

Y dicho eso me hice la analista política. Al pedo, obvio: “la cana y el juez no se van a atrever a venir a la Casa de las Madres y menos un jueves”, dije como si me las supiera todas. “¿Se va animar a meter un pañuelo blanco en un patrullero? Esa imagen es un escándalo internacional”.

Terminé de hablar y me acerqué a la puerta para enviar por twitter la foto en la que nos abrazábamos un ratito antes vos y yo porque adentro de la Casa no había señal. ¿Y qué había afuera? Canas, gente del juzgado, una orden de allanamiento, una para detenerte y dos camiones azules de esos de Infantería para detenerte.

 

 

“No entiendo nada de nada”, me dije. O sí. A veces entiendo. Pero vos siempre entendés más.

Y éramos… ¿60? ¿100? Pero no iban a pasar. A tu casa, no. Con vos, no. Y fue como en el 2001 cuando te pasamos a buscar en la camioneta de La Tribu cuando De la Rúa te tiró los caballos. Con ustedes, no. Porque ustedes fueron el germen de humanidad que le quedó a la Argentina cuando no quedaba nada. Y eso no se olvida. Porque la memoria no es hacer efemérides; es pasar por la piel lo que se piensa.

Y entonces hicimos eso. Un “No pasarán”, berreta y pobre; porque éramos pocos y desorganizados. Pero no iban a pasar. Ningún policía te iba a rozar siquiera.

Hicimos un cordón humano, de piel, carne, certezas, convicciones, brazos entrelazados y toda esa memoria emotiva que un@ guarda cuando tiene más de 40 de cómo hay que hacer para evitar a la policía que quiere pegar. Y salieron, ustedes. Y entraron a la camioneta. Y que rodeamos la combi. Y que si no es la calle, pues, será la vereda. Y que si quieren alcanzarla, pues tendrán que pasar sobre nosotros. Y que si no pasan ganamos. Y que “tomá”, como gritábamos en 2001. Y que si ganamos ya no es físico; es político.

 

Y llegaron a la plaza. Y corriendo llegamos nosotros atrás. Y que twitter. Y “vayan a la Plaza”. Y que fueron, miles. Y que cuando llegamos había un cordón humano para que ustedes pudieran hacer la ronda, la marcha. Y que “Somos de la gloriosa Juventud Peronista…”. Y que “Con Hebe no se jode”. Y que nos reencontramos. Y que marchamos por esa Avenida de Mayo que hace un eco especial cuando uno anda con ganas de decir cosas. Y que banderas multicolores desde los edificios. Y que “Hebe es Pueblo” en cartulinas. Y que papelitos desde los balcones. Y que la escolta, la tuya, que éramos nosotros con nada más que amor y teléfonos celulares para seguir avisando. Y que diputados otorgándote sus fueros. Y que hablaste. Y que nos condujiste. Y que confiaste en nosotros: supiste que conducir era sólo alertar y dejarnos hacer lo que vos sabías que ya éramos capaces de hacer.

Y se te rindió Comodoro Py, Hebe. El Poder al que nunca entró ese mejor desinfectante que es la luz del sol, tuvo que vérselas con tu persistencia, tu cabeza dura, tu testarudez, tu terquedad, tu obcecación, tu porfía. Porque vos tenés eso. Esa capacidad. Que no es tener razón, es exponerte. Es ser la Jimmy Hendrix de la política argentina y romper y prender fuego la guitarra si hace falta. Porque no se trata de dar con el análisis justo, sino con despabilar.

 

Y el juez dictó la eximición de prisión. ¿Sabés por qué? Porque a vos no te importaba ir presa si eso nos aguijoneaba. Teníamos que abrir los ojos y ver (y demostrar) que no siempre Ley es sinónimo de Justicia y que cuando una dice NO, es NO.

Y que hay que hacer la gambeta, la maradoniana. Y confiar. Porque si hay cintura, corazón y pases cortos, el pueblo a veces hace Gol.

 

Gracias, mi amada Hebe, por enseñarme –una vez más- que la política es pasión, amor, hermanarse en el otro, y despejar lo que digan los eunucos de ideas. Y que cuando el corazón late fuerte ahí hay amor.

Te amo

Mariana

 

Mariana Moyano