La Presidenta icónica

 

 

El dedito: el índice

Se apoderó de los 11 días. De modo teatral, y no porque fuese ficción, sino por entender que la política tiene sus propias escenografías, esas a las que el marketing a veces ni sombra le hace.

La semana arrancó con un dedito. Y terminó con nervios. Los conectores nerviosos de un país pasaron por ese índice. Que fue –con el permiso de Charles Sanders Peirce- ícono y símbolo también. Fue un dedo índice que indica, pero que también da indicios: de autoridad y de decisión.

Quedé tildada en ese dedito. No miré tanto la cantidad de personas que la recibían, ni su aspecto, ni los gestos que podían dar cuenta de su ánimo. Me hipnotizó ese dedito. Y tuitée de inmediato: “El dedito a la PSA”.

Toda la tarde, los medios que la detestan habían sido víctimas del inconsciente: zocaleros, periodistas y presentadores la llamaban “La Presidenta”. Y eso que aún no había usado el dedito.

Pero lo usó. Y cuando lo hizo, no pude más. Fue desde el cerebro al estómago y de las entrañas de mi enojo con el mujerismo sacarina a las redes: “El feminismo sarasa te lo comprás con Mastercard. Ser mina, mover el dedito y que todos esos falicones te hagan caso, no tiene precio”, tuitée.  

Acababa de bajar del avión y a la salida de Aeroparque la esperaban el auto blanco en que se trasladaría y una multitud que quería tocarla, apretujársele. La Policía de Seguridad Aeroportuaria era la fuerza dedicada a su protección y, en base a ello, hicieron el gesto de alejar a quienes la esperaban a ella. Ahí fue cuando usó el dedito. El índice de su mano derecha. Y con ese dedo de uña larga, esmaltada con vía láctea, los corrió. Corrió a la PSA para acercarse a los que la aguardaban.

El índice. El dedo índice. Un dedito que puede ser odioso, pero que, cuando al moverse provoca resultados, pone en evidencia que lo indicial de la dueña de ese dedo índice posee algo que va más allá de los atributos protocolares: autoridad.

Fue un dedo índice indicial e indicador de algo. Simbólico de mucho. Y quienes pasamos por las aulas de las carreras de Ciencias de la Comunicación tenemos algunos tics y algunos TOCs. Uno de ellos es el signo peirciano, un prisma que permite comprender de qué va todo lo humano que no es lo palpable. 

 

 

La foto: el ícono

Hace aproximadamente 45 días la Argentina se enteró de que la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner iba a ser llamada a declarar en la causa del dólar futuro, que lleva adelante el juez Claudio Bonadío. Se trata de un expediente, según explican todos los que entienden algo de leyes, de poca monta jurídica, mucho circo y con basamento en recortes de diarios de notas escritas por operadores que trabajan en periodismo.

Es una causa armada para disciplinar, en primer lugar, de modo que cuando algún otro –en algún futuro lejano o no tanto- pretenda tomar alguna medida económica que pueda molestar en algo al establishment sepa que el partido judicial estará listo para cumplir con lo suyo.

Pero también tiene (tenía) un segundo objetivo: una foto. Querían la imagen, el ícono. Necesitaban la toma de CFK en las escalinatas de Comodoro Py, ese emblema de la sospecha. Porque esas escaleras vuelven responsable de un delito a cualquiera. Y precisaban como el agua esa postal para repetirla en loop. Porque así se borra el sentido, las explicaciones, las profundidades técnicas de un expediente judicial. Así, con un cuadro taladrado desde las armas electrónicas.

Pero no la lograron. Porque miles se congregaron y debieron vallar Comodoro Py y en esa decisión se les esfumó la foto. La acción política le había ganado a la construcción de escenografía mediática. A tal punto tuvo efecto la multitud, que algunos medios hasta evitaron el plano largo. Pero esta vez no para amplificar masividad, sino para negarla.

Jorge Cayetano Asís no tiene nada de kirchnerista, pero es sagaz y siempre fue brillante. Él dijo esto: “Cristina logra centralidad en el momento de mayor adversidad”. Otros periodistas, en lugar de ir por el camino del análisis, eligieron poner en tinta la furia que los embriagaba. Hablaron de “teatro”, de “perorata”, de la “declinación”, de que se había ido “a escondidas el 10 de diciembre” de la Casa Rosada y de la “vanguardia de impresentables” para referirse a los asistentes a lo que fue el acto luego de la declaración judicial de la ex Presidenta. Es decir, recurrieron a un modo de cobertura que se pelea en el mismo plano de quienes eligen la obsecuencia antes que analizar lo que CFK eligió como ejes de su discurso.

 

 

 

Las palabras y los hechos

Cristina Fernández tiene un modo de decir performativo. Cuando ella menciona ya parece haberle dado forma y eso que nombra se presenta como en acción, materializado. Claro, esto tiene su costado favorable y su lado peligroso. Lo positivo para ella –como lo es para cualquier político que posea esa capacidad- es que su palabra no resulta indiferente. Pesa y adquiere volumen en un mar de cosas dichas que se las traga el mismísimo minuto en que son pronunciadas. Lo malo es que en muchas ocasiones, esas frases suyas son vueltas consignismo. Vale aclarar aquí que no me refiero a consignas; siempre es bueno para un referente de la política que sus dichos posean la capacidad de construir sentido común e instalarse en el inconsciente colectivo. Hablo del tachín tachín reiterativo que, lejos de potenciar y darle entidad y cuerpo al lema, lo licúa, lo edulcora, lo vuelve significante vacío.

Los perezosos, los que tienen fiaca de pensar, son siempre un riesgo y un problema porque agarran el dicho, se lo apropian, lo repiten, lo usan para contar (nos) las costillas y siguen su mediocre caminito sin siquiera detenerse a reflexionar sobre a quién se lo dijo, por qué, para qué y, sobre todo, para ir hacia dónde.

Y digámoslo claramente: fiacosos, haraganes de la praxis, hay en todos los rincones de la viña del Señor.

Dijo mucho Cristina Fernández en las puertas de Comodoro Py, del mismo modo que lo hizo en casi todos sus días en la ciudad de Buenos Aires. Por lo que enunció, por la foto que impidió, por ese modo casi confesional con los curas de la opción por los pobres en la Isla Maciel -cuando se cortó la luz y quedaron a merced de apenas una vela-, cuando salió al balcón de su casa, cuando hizo el ida y vuelta con los diputados e intendentes y tomó nota mientras ella era la que escuchaba a los otros. Dijo diciendo, pero también con sus silencios y gestos. Como cuando partió y volvió a tener un altercado con las fuerzas de seguridad. “¿A quién querés cuidar vos?”, interrogó a punto de partir hacia el sur a un uniformado. “Son sólo trabajadores de acá”, le enrostró mientras se abrazaba con la empleada que había generado el roce al querer acercarse.

 

“No vas a convencer a nadie”

No era parte del plan de oratoria, aunque no pudo haber sido una casualidad. Nada de lo que sale de su boca se le escapa. Lo masculla, lo macera, lo piensa y le da vueltas y apenas ve la oportunidad lo lanza. Así que quedó como al pasar, pero no hubo un “sin querer”. Ahí hay una urdimbre de una Cristina que entendió, que abrió, que despejó oído, que optó por el no encierro.

“Así no vas a convencer a nadie”, le respondió a un asistente al acto que fue por el lado del pase de factura y la rabia, en ese diálogo tan propio que ella tiene con quienes la acompañan. Había encendido una alerta. Ella estaba de vuelta en público hablando de volver a convencer

Hizo un recorrido histórico de cómo el discurso supuestamente moralizante de la corrupción fue la excusa de siempre para cargarse gobiernos populares. Y puso mojones en el año 30, en el 55 y en el 76. Y sin que hiciera falta mencionarlo, logró que en la cabeza de todos los empapados el cuarto momento de esa secuencia fuera el período actual.

Surge así un primer dato: no comparó el gobierno de Mauricio Macri con los años noventa. Con esa década de farra y entrega. Probablemente porque era la analogía fácil y también la equivocada. Durante el gobierno de Carlos Menem se rifó la Patria, pero nadie estuvo impedido de hablar, ni hubo prohibiciones ni persecuciones, salvo un par de casos muy excepcionales. No es esto lo que se vive en la actualidad.

Desde el ya ridiculizado “te revisamos el twitter” a la antológica denuncia penal de la vicepresidenta Gabriela Michetti contra un fake de twitter y pasando por el proyecto para anular el nombre de Néstor Kirchner de todo lo que lo lleve, la revolución de la alegría, los campeones de la comunicación, que sólo piensan en las redes y en el supuesto "gobierno abierto", han demostrado que más que 2.0 son bien 55. “Si pudieran borrar la K del abecedario lo harían”, dijo CFK y no se equivocó en eso.

Por eso cuando la ex Presidenta sostuvo que “los argentinos estamos perdiendo la libertad” hizo dos inteligentes movimientos. En primer lugar, enunció lo que se siente. Porque hay miedo. Ha vuelto el miedo. Y no ese de perder algo de la propiedad privada, sino el temor a perderse uno mismo.

“¿A qué libertad me refiero?” (se) interrogó Cristina Fernández: a la que tiene que ver con la “igualdad (que es la que) conlleva a la libertad”.

Pero además de esa denuncia, la ex Presidenta hizo una interesante operación: con el acento en la palabra libertad y con su propuesta de creación de un “Frente Ciudadano” –que para furia de cierta dirigente muchos periodistas no pararon de confundirse y hablaron de un Frente Cívico- les arrebató de un saque las palabras “libertad” y “ciudadanía” al discurso liberal. Y, por otra parte, las colocó en el centro de lo nacional y popular, un movimiento no muy adepto históricamente a esos términos que el liberalismo siempre ha hecho suyos.

 

 

Mauricio que es Macri y Blanco Villegas

Cristina Kirchner evitó lo obvio. Así como no hizo el parangón del actual gobierno con los noventas, tampoco cargó las tintas sobre las off shore del Presidente de la Nación descubiertas ahora en Panamá. Se corrió de la coyuntura, donde pegar es fácil. Historizó, algo que en este tiempo de gobierno TEDx y de retiros espirituales, se extraña.

Puso en negro sobre blanco que Mauricio Macri no es un hombre ajeno al Estado. No porque haya sido ya jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires durante dos períodos, sino porque su fortuna familiar fue hecha a costa de chuparle los fondos al Estado con lo que llamamos “la patria contratista”; porque su riqueza es la que es básicamente debido a que la deuda de su empresa SOCMA fue transferida a las espaldas de todos los argentinos cuando Domingo Cavallo estatizó la deuda privada; y porque su causa de contrabando fue la que hizo volar por los aires a la Corte de la mayoría automática del menemato, cuando tuvieron lugar los juicios políticos a los miembros del Tribunal Superior. Dejó en claro que Mauricio es Macri, pero sobre todo, es Blanco Villegas.

Julio Nazareno, presidente de aquella CSJN, fue destituido por, tal como contaba la crónica de aquellos días de Página 12, el llamado “Caso Macri: Esta acusación surge a partir de un fallo de agosto de 2002 que vinculó dos causas distintas contra los directivos de Sevel y Opalsen que se tramitaron en jurisdicciones separadas. Una por ´evasión fiscal´ se sustanció en el juzgado de Capital Federal y el proceso quedó extinguido luego de que Sevel pagara la pretensión fiscal por lo que los imputados fueron finalmente sobreseídos. Mientras que la tramitada por el delito de contrabando fue radicada en el juzgado federal de Concepción del Uruguay. Con la causa por evasión subsanada en su favor, los imputados intentaron hacer recaer el beneficio de cosa juzgada sobre la causa de contrabando. La Cámara de Casación revocó rechazos previos y admitió el pedido de los acusados. Esto provocó un recurso ante la Corte que no lo admitió invocando circunstancias formales consagrando la impunidad”.

Al igual que con los años elegidos como mojones, al traer a cuento este episodio judicial, lo que Cristina Fernández hizo fue poner en evidencia que lo de Macri no es ni un error ni un exceso y que el escándalo que lo rodea por los Panamá Papers no es una excepción sino una línea de conducta, un accionar repetido, es decir: una política.

Quienes se cansaron de salirse con la suya porque manejan desde 1890 o desde 1930 los resortes del Estado, los que fueron más de una vez acusados por la justicia y liberados de cargo y culpa por los mismos con los que operan hoy, quisieron judicializar la política. Eso puede llevarse a cabo sólo si hay líder político que no lo sea tanto y  que no sepa salir del laberinto. CFK es hábil y siguió a Marechal: salió por arriba. Y supo convertir en acontecimiento político una causa judicial construida desde la operación. Y le echó luz y dio a luz algo aún incierto pero ya notable. Es que cuando la política es jugada en serio le gana al marketing  y a la comunicación; y a las movidas y a las operaciones.

 

La otra operación

Con CFK activa en Buenos Aires y los Panamá Papers sobre la cabeza del Presidente, de miembros del PRO, de funcionarios y con la crítica internacional a la cobertura (en la doble acepción de la palabra: el relato y el ateflonamiento) de los medios locales, la causa Báez-Fariña parecía no alcanzar para ensuciar a la movediza ex Presidenta. Como la cosa no venía muy digerible, optaron por revolver el estómago de todos con una operación ramplona y de patitas cortas, pero escondidita pour ceux qui ne parlent pas francais.

La engañifa duró poquito pero sirvió para echar unas cucharadas de mugre. La secuencia fue más o menos así: El diario francés Le Monde publica una nota en la que sostiene, al igual que el Süddeutsche Zeitung –el periódico alemán que accedió a los Panamá Papers-, que el diario La Nación había sido excesivamente tibio con el Presidente Macri y el descubrimiento de sus off shore. En la misma cobertura, el diario francés vincula al estudio Mossack Fonseca con Lázaro Báez. A partir de esto, Infobae publica que Le Monde había dicho que CFK estaba involucrada en los Panamá Papers  en lavado de dinero.

La nota de Le Monde no dice nada de Cristina Fernández, pero involucra a Báez, quizás porque lo está y tal vez también porque es un medio manifiestamente opositor a la ex presidenta por las posiciones antibelicistas de ésta. Es a partir de Báez que Infobae monta la operación local y vincula de modo burdo y escandaloso a Cristina Fernández. A punto tal, que Le monde se ve obligado a enviar al consorcio de periodistas que siguen la investigación de los Panamá Papers una desmentida. El propio Hugo Alconada Mon, el periodista de La Nación que sigue la temática, publica en su blog la desmentida del periódico francés.

Conclusión: CFK no fue involucrada en los #panamapapers ni por Le Monde ni por nadie. Se trató de una opereta bastante berreta hecha y amplificada aquí en Argentina, pero que además de ensuciar el ambiente por unas horas nos permite ver dos cuestiones más de fondo: 1) el nivel de internas y virulencia que los propios medios tienen entre sí y con determinados dirigentes políticos y 2) cómo se manifiestan los intereses de los dueños de los medios en las coberturas. Nunca hay que perder de vista que los principales diarios franceses Le Monde, Le Figaro y L´express, esos que nos cuentan las guerras del mundo, son propiedad de Lagardere y Dassault, los dos consorcios armamentísticos que fabrican y les venden las armas a la OTAN.

La guerra es a fondo. En Brasil se vio que ya no pueden quedar dudas

 

 

El futuro

Por el vértigo que le van imponiendo las derechas envalentonadas a toda la región es que se abren varios interrogantes sobre el futuro, el inmediato y el de mediano plazo. Pero que necesitan mirar al pasado lejano –ese que trajo a hoy CFK en las puertas de Comodoro Py- y el cercano, el que hace menos de seis meses era presente.

En la Argentina, Macri al igual que los ministros Marcos Peña, Rogelio Frigerio y Alfonso Prat Gay, se cansan de aclarar que lo que el país está viviendo es la gradualidad. Pensarlo con cierta crudeza da escozor. Este “gradualismo” que vivimos hoy implica que detrás de ellos hay fauces monstruosas y hienas hambrientas listas para almorzarnos. Y una de las preguntas que más duele es ¿por qué, con semejante velocidad, eficacia, tranquilidad y serena fiereza pueden cargarse y llevarse puesto lo que se construyó en 12 años? ¿Cuánto de debilidad quedó en la “herencia”?

Antes de que siquiera lo piensen, respondo: ya sé que el presidente tiene un nivel de blindaje y ateflonamiento pocas veces visto. Pero ¿saben algo? No alcanza, no termina de responder; no me alcanza, no me responde. A la política le responde la política y nunca aceptaré que la respuesta para todas las preguntas políticas sean los medios.

Entonces, ¿cómo se atraviesa esta etapa? Un golpe había dejado knock out al 90 por ciento del FPV. El desgaste, la salida del gobierno, el silencio de la conductora, las internas y las facturas –algunas de ellas justas- que se pasaron entre sí, mostraban a los dirigentes como el boxeador que está al límite de sus fuerzas y que todos los saben en el piso. Un shadowboxer, casi.  

No se le podía (¿puede?) poner palabra. Porque no hubo (hay) donde decirlo, pero básicamente porque no había qué, ni cómo. La fuerza política que le había puesto palabra performativa a 12 años, de pronto se había quedado disfónica. No muda, sino sin voz. Y básicamente porque no había (¿hay?) oreja que la escuche.

Es inevitable ver en este no poder hacerse oír del FPV ciertos rasgos de aquel 2008, cuando la entonces presidenta levantaba su voz a más no poder y no podía crear oído atento. Al FPV le ha pasado muchas veces esto de quedar desfasado. A veces, por adelantarse al debate y otras porque ganó la escena interna la práctica endogámica.

Los meses sin CFK en el centro de la escena fueron de duda. De incertidumbre y de mucho “mandato” de pedir permiso. Como no estaba ese “a quién” de referencia, muchos optaron por no hacer hasta que “la jefa” mostrara el juego. Otros, los que hicieron el trabajo de hormiga para que la vuelta fuese desde la política y no desde el club de fans, hicieron un muy interesante triple movimiento: por un lado hacer, aún a riesgo de cometer un error y de que esto les implicara ser llamados al orden; por el otro, abrir: brazos, ventanas, oídos y discusiones y, en tercer término, intentaron crear una nueva cadena de interlocuciones entre sí y con ella.

 

 

Muchacha punk

Venía sin decir. Era su vuelta, pero ella ya era otra. No sólo no era más presidenta y las afueras de Comodoro Py no eran un patio, sino que, además, en cuatro meses el país también era otro. Así que su palabra era esperada por absolutamente todos. Para contarle las costillas, para destrozarla, para tomar nota, para repetir como consigna vacía, para hacerse remeras y para pensar.

Habló. Tuvo el gesto de Muchacha punk de decirles en la jeta y en la puerta de los tribunales federales que la mayoría de los que están ahí dentro guardan basura en los cajones. Se colocó el traje de principal opositora, de contracara del Presidente; le dijo lo que nadie le había dicho y puso a todo el arco no oficialista a hablar en tono menos meloso. O sea, impuso agenda y estilo.

Pero también habló hacia adentro. A su manera, que no es cabecita gacha y maneras modositas, asumió sin decirlo que con la Fuerza Propia ya no era suficiente.

Hubo lecturas socialdemocratizantes del “Frente Ciudadano” que propuso construir. Puede discutirse cuánto de Frepaso y cuanto de Frejuli tiene la invitación. Pero hay un tramo del discurso frente a Comodoro Py, un modo de conducción de las reuniones y un gesto bajo la llovizna que marcan algo más de esta vuelta.

La parte más importante del discurso –en lo que respecta a la cuestión interna del FPV- no fue sólo eso de “preguntarles a todos y cada uno de los que se acerquen a ustedes ¿cómo estabas antes del 10 de diciembre?”, sino aquello de “y que no les vengan con reglas, cada uno, cada compatriota, es un dirigente en sí mismo y no les tienen que dictar cátedra”.

Hubo en el acto aplausos contentos, miradas cómplices, gestos de alivio y tiradita de orejas para algunos que teníamos cerca. Vamos a decirlo bien: Yo aplaudí contenta, me miré de modo cómplice con compañeras que tenía alrededor, suspiré aliviada y le tiré de las orejas a un par que tenía cerquita. En mi cabeza rebotan desde el 11 de diciembre de 2015 dos verbos en infinitivo: abrir y salir. Ese “así no vas a convencer a nadie” que coronó este párrafo se puso muy en sintonía (fina) con aquello y ello con los dichos de la ex mandataria. 

El segundo gran acto fue la forma en que condujo los encuentros con los diputados y con los intendentes. Ocupó la cabecera, obviamente -nadie esperaba la ronda de Paulo Freire que iguala posiciones-, pero no sólo habló en esos encuentros sino que oyó. Escuchó. Y tomó nota. Anotó lo que otros, los otros, le decían.

El gesto no pasó desapercibido y me cuesta creer que la arquitecta egipcia que vive en ella y la actriz frustrada que maneja histrionismo y escenografía de modo magistral, no notara cómo eso iba a ser leído.

Y el tercero fue su visita a la Isla Maciel, con los curas, con los curas de la opción con los pobres, con los pobres, con el barro y la llovizna y con ese equipo de lluvia nada forzado que le coronaron la estadía en que ocupó todos los rincones de la política local.

Ahora se abre el desafío más importante para el Frente para la Victoria: armar junto al peronismo y convertir la idea del Frente Ciudadano en hechos, para lo cual deberá modificar varias de sus prácticas.

 

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¿A quién estás cuidando?

¿Quién es CFK ahora que no es Presidenta? La líder de la oposición, sostienen algunos. No dice todo, no alcanza, pero básicamente es un rótulo inexacto. Lo que se sabe es que se trata de un rol nuevo para la joven democracia argentina. Nunca un (a) ex presidente (a) volvió tan rápido y con tanta potencia a la esfera pública luego de culminar su mandato y no tenemos registro de un (a) ex jefe (a) de Estado que se haya retirado de la Casa de Gobierno con una Plaza de Mayo repleta de adhesión y que vuelva con esos índices de aceptación.

Hay quienes dicen que es el propio macrismo quien la elige como antagonista. Quizás para mantener fresca la idea político-publicitaria de la herencia; quizás porque el PRO al igual que el kirchnerismo necesita su otro lado del espejo, su binarismo.

Lo cierto es que la ex Presidenta que llegó con un dedito puso nerviosos a muchos y mantuvo toda la atención sobre sí durante los días que estuvo en la ciudad de Buenos Aires. Y que se volvió al Sur con otro gesto. “¿A quién estás cuidando?”, le dijo al policía que impedía que dos personas se acercaran a saludarla. “Son trabajadores de acá”, le “explicó” al miembro de la fuerza de seguridad y se abrazó con los empleados.

¿Quién es CFK no Presidenta, no primera ciudadana, no diputada, no senadora? Jonathan Lethem y Harold Bloom dijeron de Norman Mailer algo que voy a tomarles prestado para aplicárselo a la ex mandataria: un ángel registrador, un pararrayos de polémicas ejemplares, su propia creación suprema. Ella encarna el drama de la construcción de su voz, la resurrección de su personalidad como su mayor atractivo, después de las caídas públicas.

CFK movió su dedo índice y puso en acto algo nuevo en la escena política. Hermoso, insoportable, molesto, tajeante, hiriente, absoluto y también incompleto. Una ex todo reconvertida en parte de lo que vendrá. Y eso que vendrá es lo que dejó como interrogante apenas el avión emprendió el vuelo. 

 

Mariana Moyano